Días de niebla, mucha niebla, el cielo teñido de colores oscuros, las gotas de lluvia que no cesan. Uno se cansa de levantar la persiana y encontrarse cada mañana con ese paisaje, ese ambiente que quieras o no te lleva a estar decaído, cansado, sin ganas de nada, todo conlleva a una decadencia emocional y todo huele a tristeza, la calle, la gente.........................todo está gris.
Los acontecimientos en esos días se hacen encima menos llevaderos, he llegado a pensar en estos días que el saco de paciencia que me habían regalado los Reyes Magos como cada año, esta vez no llegaría ni siquiera a la primavera.
Lunes pésimo, cargado de llantos de niña, caprichos, inconformidad por todos lados, dolor de cabeza que no cesa; martes de agotamiento físico y mental, la niña sigue difícil de caracter, se cansa de los juegos, se cansa de los dibus, ambas nos encontramos como el día, grises y decaídas. Miércoles de tos, de mocos, de dolores, de fiebre, la pitufa echó fuera todo aquello que había estado anunciando los dos días anteriores, y el ambiente exterior sigue lluvioso, triste, y la humedad atraviesa los cuerpos de tal forma y manera que los deja agotados, sin fuerza.
Jueves, subo la persiana y...........................sorpresa!!!!!!!!!!! Hoy el sol ha conseguido despertar a tiempo, ha conseguido desbancar a la niebla y a la lluvia, el gris da paso al azul y la humedad deja el lugar a unas temperaturas mágicas para el mes de enero. La fiebre también se ha ido y con ella el malestar general que se respiraba en el ambiente, sobretodo la tensión que sufre nuestro propio cuerpo cuando el de nuestros hijos se desmorona y no se encuentra lo bien que deberían estar.
Tarde agotadora, pero agotadora de pasear, de jugar, de reír, de bailar, de disfrutar con mi hija cada momento del día sin llantos, sin fiebres, sin tos, si dolor.
A las cuatro de la tarde nos pusimos guapas y salimos a beber un poquito del sol que hoy nos había premiado con su presencia, las dos caminando de la mano, y de repente sin ningún motivo aparente, sin esperarlo va y me suelta: Mamá, te quiero mucho!
Con esta expresión regalada a cambio de nada: lunes, martes y miércoles olvidados, a tomar vientos frescos, al fin y al cabo todavía queda mucha paciencia en mi saco.
Desde luego que bien cierto es que nunca llovió que no parase, no? pues ahí está la cuestión, que después de la tormenta siempre llega la calma.
Ser mamá a veces resulta agotador, pero todo se vuelve pequeño cuando los besos, los abrazos, las sonrisas y los te quiero de nuestros retoños son capaces de tocarnos el corazón y de recargarnos las pilas con un amor tan incondicional que nunca nos cansaremos de recibir, y como no de recompensar.
CARPE DIEM
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